domingo, 30 de marzo de 2014

Una fiesta aparte.La bibliotecaria y el profesor (En la biblioteca/Septima parte)

Cuando Lisa se sintió lo suficientemente serena como para volver a la fiesta, dio una última ojeada a su aspecto en el gran espejo del vestidor y suspiró, estaba tentada a quedarse allí encerrada todo lo que duraba la fiesta, pero eso sería muy tonto de su parte, así que salió a afrontar lo que fuera que le deparara aquel lugar y sobre todo la presencia del profesor. Instintivamente, su mirada buscó al profesor junto a la parrilla, sólo para encontrarlo de espaldas, concentrado en cuidar del fuego y hablando con sus amigos. La visión de sus músculos escandalosamente tensos contra la delgada tela de su remera blanca le dejaron con sed.
- ¡Ahí estas! - dijo Diego devolviéndola al planeta Tierra - ¿Dónde te habías metido?
- Estaba en el cambiador - explicó Lisa algo ruborizada, esperando que su compañero de trabajo no se hubiera dado cuenta de donde tenía perdida la mirada cuando la encontró.
- Ven, vamos a la piscina, el agua está deliciosa.
Lisa siguió a su amigo y en pocos minutos se vio rodeada de un montón de gente, en su mayoría chicos y chicas de la edad de la cumpleañera. No es que ella fuera vieja, pero con sus veintinueve años casi se sintió una abuela entre tanta juventud. Decidió no dar importancia a esa sensación y prefirió relajarse, riendo de las bromas que hacía Diego, y las caras que ponía la novia de este ante cada inventiva. Lo que no logró evitar fue que su mirada vagara de tanto en tanto hacia el quincho, para ver al profesor reír a carcajada por algo que decían sus amigos. Se lo veía muy a gusto, y también infernalmente sexy.
- ¿Y tú, tienes novio? - Lisa se sobresaltó cuando Gabriela, la hermana de Albert le dirigió esta pregunta.
- ¿Perdón?
- Pregunté si tenías novio.- repitió ella con sus enormes ojos color miel enfocados en ella.
- No, no en este momento.
Al poco rato, Albert anunció que el asado estaba listo así que todos se reunieron al rededor de una larga mesa, instalada en un rincón del amplio jardín, con la chica de cumpleaños a la cabeza. A su costado derecho, se sentó una mujer de edad madura, esbelta y elegante, de cabellos también rubios aunque matizados con algunas hebras plateadas. El parecido con Gabriela era innegable y Lisa comprendió que esa mujer tan elegante era la madre de Albert y Gabriela Se preguntó dónde había estado durante la fiesta porque no la había visto. Comentario al margen, Lisa se maravilló del gran realismo con el cual Albert había retratado a ambas. Al parecer, el profesor era una caja de sorpresas, parecía saber hacer de todo y de manera excelente. Lo mismo ocurría con el asado, que estaba para chuparse los dedos.
Cuando todos terminaron el plato principal, una enorme torta de chocolate fue llevada hasta la mesa encima de una mesa rodante más pequeña. Sobre su base, se apreciaban unos libros y unas flores, presumiblemente comestibles, dejando claro que la chica de cumpleaños tenía pasión por los libros.
Luego la fiesta siguió su curso y Lisa perdió de vista al profesor. Una vez más se vio envuelta entre una vorágine de gente a la que no conocía, risas, más piscina, más música. Deseando un poco de paz, se alejó de la piscina hacia un estanque que quedaba justo al otro lado de la gran casa. Se maravilló al ver unos ganso tranquilamente nadando, como si el ruido de la fiesta no les sobresaltara. Sin dudas, ayudaba que el patio fuera tan grande y que estuviera repleto de árboles y plantas, lo que propiciaba que aquel lugar estuviera bien aislado del resto del jardín.
- Es más tranqulo aquí, ¿verdad?
El profesor la tomó por sorpresa una vez más. No lo había sentido llegar y eso era extraño puesto que el calor que irradiaba su cuerpo al acercarse a ella ejercía una atracción casi eléctrica en su piel. El pegó su cuerpo al de ella y deslizó sus manos sobre sus muslos desnudos, cubiertos con el bañador y la salida de baño.
- No sabes la tortura que es verte así, quisiera hacerte mía aquí, ahora, delante de los gansos.
Lisa rió ante su loca ocurrencia
- Les puede dar un infarto, pobrecitos.
Ahora le tocó a él ahogar una carcajada en su cuello, mientras se dedicaba a besar y lamer cada centímetro de piel a su alcance, logrando con ello que a Lisa le fuera cada vez más dificultoso mantenerse de pie.
El profesor se apartó de ella un rato y la tomó del brazo.
- Ven, vamos a un lugar más discreto, lo que quiero hacerte no necesita público.
Lisa iba a protestar, pero el profesor la arrastró con él dentro de la casa, cruzaron un salón bien iluminado por amplios ventanales y subieron las escaleras casi corriendo. En el piso de arriba el profesor abrió una de las tantas puertas y luego la cerró con llave una vez que estuvieron adentro. Una enorme cama ocupaba el punto central de la habitación, su habitación. El profesor se dio la vuelta a mirarla con deseo y luego fue hasta ella y la apretó contra su cuerpo, todo músculos. Sus manos expertas la despojaron de la salida de baño y de la malla, mordisqueando su piel aun con restos de cloro, pues no se había duchado. Ella, por su parte, le ayudó a que se quitara la remera y desprendiera el cinturón de su pantalón. El la lanzó sobre la cama y empezó a besar sus pechos, haciendo que se le erizaran los pezones. El profesor siguió después más hacia abajo, haciendo que Lisa perdiera completamente la cordura...

(si, tranquilas... continuará)

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