viernes, 18 de abril de 2014

"Días después" (La bibliotecaria y el profesor/En la biblioteca Parte Diecinueve)

Pasaron los días y Lisa regresó a su trabajo intentando volver a la normalidad. Algo bastante difícil de hacer, porque no paraba de pensar en Albert. A estas alturas seguramente ya había sido dado de alta y estaría descansando en su casa. Se preguntaba cómo estaría. ¿Se habría enojado con ella por marcharse de esa manera? ¿Acaso la habría olvidado? Después de todo, no tenía razones para seguir pensando en quien lo había rechazado, teniendo tantas mujeres dispuestas a formar parte de su vida, o de sus horas... de cualquier cosa que significara poder estar cerca de él y ese cuerpo de Dios griego que formaba parte del paquete.
En fin, para qué darle vueltas a algo que había terminado. Suspiró, repitiendo en su cabeza la conocida frase de los Alcohólicos Anónimos, "un día a la vez" y se concentró lo mejor que pudo en su trabajo. Fue ubicando los libros en sus  respectivos estantes, arrastrando delante de ella el carrito de las devoluciones. Esa mañana fría de otoño, las largas filas de estantes de la gran biblioteca universitaria le recordaban a un cementerio olvidado, plagado de viejos mausoleos. No importaba que los estudiantes, como todos los días, se pasearan entre ellos, con su jovial y apenas contenido alboroto. Se sentía triste y ese lugar, con tantos recuerdos, no hacía otra cosa que agudizar sus sentimientos.
Un brazo salió de la nada para estirar de ella hacia atrás, mientras una mano le cubría la boca, evitando que gritara. Lisa se vio estirada hacia los salones de lectura y sintió que la puerta se cerraba. Lo primero que reconoció fue su colonia y el tacto de su piel sobre sus labios. Cuando Albert estuvo seguro de que no gritaría, la soltó, ubicándose en la puerta misma, con los brazos cruzados sobre su pecho. Su mirada parecía de fuego. Era evidente que esta vez no pensaba dejar que se escapara fácilmente.
- Y bien - la espetó - Estoy esperando que me des una explicación al por qué saliste huyendo del hospital como si hubieras visto al diablo en persona.
Lisa se mordió el labio inferior. El profesor no parpadeaba y parecía ocupar toda la pequeña estancia.
- Tuve miedo. - dijo Lisa al fin.
- ¿Miedo? - repitió Albert con sorpresa - ¿Miedo de qué? ¿Miedo de mí?
- Miedo de todo, todo pasó demasiado rápido entre nosotros. Hace sólo unas semanas apenas sabía que existías, al decir verdad, siento que no te conozco lo suficiente.
- ¿No me conoces? Si te conté todo, incluso te conté mi historia con Ana.
- Sí, pero solo después de que ella intentara hacernos picadillo, o sino quien sabe si la hubieras mencionado. Yo sólo sé de tí lo que tú quieres que sepa
El profesor se alejó de la puerta y la rodeó con sus fuertes brazos que parecían una fortaleza. Lisa, que ahora estaba enojada, al principio intentó soltarse, pero no pudo.
- ¿Qué quieres saber de mí?
- Todo, lo que piensas, lo que quieres, lo que temes, todos tus secretos. Si voy a casarme contigo no deberíamos tener secretos.
La expresión de Albert era ahora mucho más suave, incluso sonreía.
- Pienso en ti todo el tiempo, te quiero en mi vida y tengo miedo de pederte... Y si me preguntas por mis secretos tengo que confesar que aun tengo ganas de hacerte el amor en cualquier lugar y de todas las maneras que puedas imaginar - sus ojos se oscurecieron cargados de deseo - No lo entiendes, mujer, ya me cuesta respirar si estas lejos y no lo digo como un simple cliché, es en serio. - la abrazó aun más fuerte.
- Me estas apretando demasiado - dijo Lisa, pero él no disminuyó la presión.
- Solo te soltaré si prometes no volver a huir. ¡Vamos, quiero que lo digas en voz alta!
- Esta bien.
- Dilo.
- No volveré a huir.
- Bien, te tomo la palabra - dijo el profesor y aflojó su abrazo solo para cambiar de posición y obligarla a levantar la cabeza hacia él.- Iremos con clama, como tu quieras, pero te casarás conmigo y no es una pregunta, lo harás.
Lisa rió, divertida ante su seguridad. Se besaron, un beso profundo y lleno de necesidad. Las manos del profesor no tardaron en recorrer su cuerpo hasta llegar por debajo de su falda y levantarla. La tensión que se sentía en el frente de sus pantalones era un claro indicio de sus intenciones. Su lengua la reclamaba y la respiración de ambos se empezó a agitar.
- Albert, alguien podría entrar.- murmuró Lisa entre besos.
Albert se apartó un poco y sacó del bolsillo de su traje una llave y fue a introducirla en la cerradura de la puerta, cerrándola. Su sonrisa era pícara, juguetona.
- Después la devuelvo a su lugar - prometió.
- ¡Ladrón! - rió Lisa
- Por tí me convierto en ladrón con gusto.- dijo él y la empujó hacia la mesa donde ya no perdonó nada, ni el botón de su camisa, ni las medias, ni la tanga que casi arrancó del cuerpo de la joven bibliotecaria.
Hicieron el amor como dos hambrientos, y no se despegaron el uno del otro hasta que quedaron exhaustos y a Lisa se le ocurrió que a alguien podría extrañarle que aun no regresara al mostrador después de tanto tiempo. El profesor, que debía dar clases, le dio la razón, los dos debían volver a sus actividades.
- Te buscaré esta tarde a la hora de la salida.
- Bien.
- Además, Lisa, no puedo dejarte ir así como así, tenemos una tarea pendiente.
Se estaban acomodando las ropas, intentando lucir normales y sin evidencias de haber hecho el amor en la biblioteca. Lisa lo miró confundida.
- ¿Algo pendiente?
- Tienes que volver a posar desnuda para mí.
Lisa lo miró seria.
- ¿Vas a seguir con el cuadro que estabas pintando la otra noche?
Adivinando por donde iban los pensamientos de la joven, el recuerdo de la forma en que despertaron después de esa sesión de pintura, le acarició el rostro, mientras contestó.
- No, ese lienzo tuve que tirar a la basura, tenía manchas de sangre, no muy grandes porque no estaba cerca, pero no, he decidido empezar un lienzo negro y necesito de mi musa para hacerlo.
 Lisa sonrió, nadie antes la había llamado musa.
Se volvieron a besar con más calma y se despidieron, ya no había prisa, al terminar ese día tenían una cita y era la primera de muchas más. Nada los volvería a separar y ambos lo sabían.
- El director dijo que pondría cámaras de seguridad en las salas de  lectura, - dijo Diego cuando Lisa volvió al mostrador, al parecer nadie había notado su prolongada ausencia.
Lisa quiso reír a carcajadas al escuchar aquello.
- ¿Por qué?
- Es que las llaves desaparecen y luego se escuchan ruidos extraños, cree que los estudiantes están usando las salas de estudio para sus encuentros amorosos.
Lisa se puso de todos los colores, y escondió la cabeza dentro de un cuaderno de notas de la biblioteca. Sonrió al pensar en Albert y en el amor que los unía, se sentía feliz. Ya contaba las horas para volver a verlo y empezar así una nueva historia con él, el hombre de su vida, su profesor.

                                                                - FIN -

    


Nota de la Autora: Hasta aquí ha llegado la historia de Lisa y Albert, es decir de La bibliotecaria y el Profesor, de esto que empezó como un cuento y se transformó, a pedido de mis amigas lectoras en una novela por entregas, espero que les haya gustado y me sigan acompañando en otras historias que irán tomando cuerpo en este espacio que es más de ustedes que mio, gracias por leer, gracias también por todo el apoyo y el impulso que me dieron, me inspiraron. Nos vemos pronto con más. 



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