lunes, 21 de abril de 2014

Epilogo en tres actos: Acto I Intención interrumpida (La bibliotecaria y el Profesor)

Nota de la autora: A pedido de mis amigas lectoras que aun no tenían ganas de despedirse del Profesor Simpson y de Lisa Real, les ofrezco a continuación un Epilogo a esta acalorada y agitada historia de amor. Y les traigo como propuesta una especie una obra en tres actos que espero contenten sus deseos de saber más acerca de estos dos personajes que han significado el nacimiento de este blog... Ustedes serán mis jueces...




(Epílogo) Lisa y Albert retomaron su relación ese mismo día, después de terminada la jornada laboral. El profesor la llevó a cenar a otro restaurante exclusivo y luego la llevó a su departamento, llevándola de la mano hacía la segunda planta del mismo. Lisa pensó que la llevaría a su cuarto, pero en cambio, la guió a otra habitación, igual de espaciosa, donde la joven encontró un recinto muy parecido al estudio de pintura que el Profesor tenía en su casa de campo. Quizás la diferencia estaba en que allí no había una tarima con el colchón esperando, en cambio, había una cama con cabecera de hierro que parecía muy fuera de lugar en el moderno departamento.
- Desnúdate para mí.- susurró el Profesor en el oído de Lisa, luego de haberla dejado medio mareada con uno de sus fogosos besos.
- ¿Dónde quedaba el baño? - preguntó Lisa, sonrojada.
- ¿El baño? ¿Para qué?
- Para ir a quitarme la ropa.
El Profesor negó con la cabeza.
- Quiero que te quites una a una la ropa aquí mismo, así podré estudiarte a fondo y empezar un nuevo lienzo con ese cuerpo tuyo que me hace delirar.
Como de costumbre, las palabras del Profesor tenían sobre Lisa el mismo poder que un volcán en llamas. Sus piernas se aflojaron, pero así y todo ella logró ir despojándose de su ropa, mientras el profesor, instalado detrás de su caballete, sin camisa y descalzo, la miraba con ojos hambrientos... De esa noche habían pasado casi tres meses, la musa y su pintor se encontraban casi a diario para sus sesiones que, indefectiblemente, terminaban en la vieja cama de hierro, ruidosa, que amenazaba a desarmarse bajo el impulso de la pasión. Lisa daba las gracias de que aquel lugar también contara con las paredes aislantes del dormitorio, pues a veces temía que los fueran a denunciar por sus gritos y gemidos.
La relación crecía y se afianzaba y Lisa llegó a la conclusión que era hora de que ella le hiciera saber a Albert que estaba lista para aceptar formar parte de su vida para siempre. El profesor había sido fiel a su palabra de no insistir con la idea de casarse con ella, aunque no desperdiciaba la oportunidad de hacerle saber a todo el mundo que ella era su mujer y "su vida".
 Fue por eso que, el día del cumpleaños de Albert, la joven bibliotecaria pidió permiso en su trabajo y fue al edificio de la Universidad donde Albert tenía su oficina para invitarlo a almorzar. No quiso llamar, quería sorprenderlo, quería ir y secuestrarlo, para después, quizás en el momento del postre, ella le repitiera la pregunta que él ya le había hecho en dos oportunidades. Así que, cuando su jefe, luego de mirarla con cara de pocos amigos, le dio permiso, ella voló al baño y se arregló el cabello y retocó su maquillaje. Se cambió el uniforme por un vestido veraniego de color azul turquesa que sabía le gustaría a su novio y salió rumbo a la Facultad de Historia y Filosofía, a dos cuadras de distancia de la biblioteca, con el corazón acelerado de la emoción. Era la primera vez que iba a ese lugar. Hasta entonces, siempre había sido el profesor quien iba a buscarla a la biblioteca, así que se sentía perdida en esa maraña de pasillos y puertas, y encontró su camino gracias a un par de estudiantes que pasaban por allí.
- La tercera puerta de la izquierda, por ese pasillo - le dijeron y ella fue, dando saltitos como si estuviera en una película romántica.
Cuando llegó a destino, la puerta estaba abierta y Lisa entró sin más ni más... Minutos después prefirió no hacerlo. Dentro del despacho del Profesor de Historia, éste no estaba solo sino que acompañado, ni más ni menos que por Ana, la misma Ana que meses atrás le había clavado a Albert un cuchillo de carnicero en el costado.. Los dos estaban muy concentrados el uno en el otro, besándose....
Lisa, al ver aquello, sintió que las piernas se le aflojaban y tuvo que armarse de valor para no gritar, con lo que un gemido se escapó de su boca, haciendo que Albert y Ana fueran conscientes de su presencia.
- ¡Lisa! - exclamó el Profesor, empujando a Ana de su lado.
 Y Lisa solo necesitó un minuto para recuperar las fuerzas y salir corriendo de ese lugar...

(continuará)

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