domingo, 17 de agosto de 2014

Mi cita con el roquero de los ojos tristones (tercera y última parte)

Puntal como un reloj inglés, Juan Pablo llegó a mi casa a la hora acordada. Fui yo quien otra vez lo hice esperar, incapaz de decir qué ropa ponerme.
- Hija, es mejor que te apures, ese muchacho se va a cansar y se va a ir - dijo mi madre, golpeando con los nudillos la puerta de mi cuarto.
Y cuanto más me apresuraba, más torpe me volvía. Al final, luego de pelearme con una sandalia, opté por una blusa blanca sencilla unos jeans ajustados. A la sandalia la tiré al otro lado de mi pieza y me calcé con unos tenis de la marca Converse de color rojo y con corazones. Al mirarlos, suspiré, a lo mejor cuando Juan Pablo viera mis zapatos saldría huyendo despavorido. Una última mirada en el espejo me aseguró que mi cabello seguía tan indomable como de costumbre.
Bajé. Juan Pablo me esperaba sentado en uno de los sofás de las sala, con la mirada distraída en cualquier punto de la pared y los dedos enredados en las llaves de su auto. Jugaba con ellas como si fuera un gato que mataba el tiempo jugando con un estambre de lana. Estaba impecable con sus jeans ajustados y su remera de color azul oscuro, debajo de una camisa a cuadros que marcaba sus musculosos brazos. Al verme, se levantó del sillón como si un resorte lo hubiera impulsado, su sonrisa era definitivamente hermosa.
- ¡Estas preciosa! - me susurró al oído, luego de darme dos besos en las mejillas - ¿Lista?
- Si, lísta - dije y lo seguí afuera, después de despedirme de mi madre que seguía a Juan Pablo con una expresión algo embobada.
¿Acaso mi madre se había golpeado la cabeza? Aunque amable con mis amistades, por lo general mi madre no tenía aquella expresión en su rostro y no pude evitar sonreír. Al parecer, mientras me esperaba, Juan Pablo había hecho buenas migas con su posible suegra.
Seguí a Juan Pablo a la enorme camioneta que nos esperaba afuera, él abrió la puerta del acompañante para mi y me ayudó a subir, luego fue a subirse a su lado de la cabina, sonrió y arrancó el motor.
- ¿Ya sabes a qué heladería quieres ir? - me preguntó.
- Bueno, en realidad no estoy segura, no tengo una de mi predilección. Podemos simplemente ir  a otro lado, no sé.
- ¿Te gustaría ir a la Costanera conmigo, podemos caminar y mirar el río, y si quieres después podemos cenar alguna cosa, lo que desees, como dije hoy, tú eres quien manda?
- Me parece bien - dije sonriendo
Así fue como, minutos más tarde, nos encontramos caminando a la orilla del río, por la recién estrenada Costanera con su paseo moderno y otro montón de gente que disfrutaba de la hermosa noche primaveral. Hablamos de miles de cosas y nos reímos un montón, era como si nos conociéramos de toda la vida, él incluso me cantó a capella algunas de sus músicas, haciendo que otras personas que pasaban a nuestro lado giraran la cabeza para mirarnos, no me importaba, él hacía que todo fuera perfecto. En un momento dado, me tomó la mano y se la llevó a los labios, besando mis nudillos una vez más.
- Gracias - dijo casi susurrando
Lo miré confundida
- ¿Gracias por qué?
- Por aceptar otra cita conmigo, por otra oportunidad - dijo él, sonriendo y acercándose a mi - Ayer cuando te fuiste creí que nunca más volvería a verte y te juro que no me gustó nada cómo me sentí.
- Estás exagerando - dije, sintiendo que me sonrojaba
- Si, puede ser, como verás soy artista, y los artistas exageramos, pero definitivamente me sentí miserable, no quiero que vuelvas a irte.
- Esta bien - dije, divertida.
El aprovechó la ocasión y se inclinó hacia mí, besando mis labios con sumo cuidado al principio, como si me pidiera permiso, y como yo no lo aparté, su beso cobró intensidad, haciendo que el piso desapareciera debajo de nosotros. No exagero si digo que fue como si fuegos artificiales estallaran a nuestro alrededor.Fue una hermosa manera de comenzar nuestra primera cita y algo me decía que sería la primera de muchas.
Sentía que era el comienzo de una linda historia de amor  y yo era la protagonista


Fin.-

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